Ideas Encontradas

El espacio donde fluyen las ideas y se contrastan

En El Tren De Las Animas

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Es un día fantasmagórico. 82 grados fahrenheit, 28 celcius, en pleno otoño. Hace un año por las mismas fechas lloviznaba, como es lo usual a fines de octubre. Pero no es así este sábado en el que unas 300 personas llegamos a una estación ferroviaria fundada en el siglo pasado, hace unos 106 años precisamente.

Una estación oculta entre el tráfico de dos atiborrados bulevares de la zona este de Tijuana. Inverosímil lugar por el cual yo muchas veces había pasado y nunca me percate de la existencia de esa estación fantasmal.

Ahí en ese sitio inadvertido empezamos a llegar familias y parejas en automóviles de a uno en uno, todos los que, sin saberlo, personificaríamos a los desaperecidos pasajeros de los vetustos vagones con olor a vaho. Vagones de más de 60 años de uso que rechinan a cada giro de las ruedas de metal que los deslizan sobre los rieles.

Ingenuamente todos sonreimos con aperente alegría, con el supuesto en la mente de que gozaremos de un placentero paseo turístico de Tijuana al mágico Tecate. Sí Tecate, donde esta un cerro que sirve de altar a los pueblos nativos para interrelacionarse con el universo, con los seres divinos, consigo mismos. El cerro del Cuchumá nos espera en las postrimerias del Día de los Muertos.

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Empezamos a subir a los cuatro vagones con la ayuda servicial y amabilisíma de los empleados del ferrocarril, entrar en ellos es como estar en otro plano: vernos los vivos como muertos vivientes con ropa contemporánea mientras las animas de los antiguos pasajeros se confunden con los nuevos pasajeros disfrazados como catrinas de José Posada.

¿Quién podría poner atención a las animas que estan entre nosotros? ¿Quién podría sentir a las animas que se divierten con nosotros?

Son las once en punto de la mañana, la locomotora disel eléctrica 1965 echa a funcionar sus dos mil 500 caballos de fuerza y uno de sus maquinistas, Ramsés Ramírez, la conduce cuesta arriba a 30 kilometros por hora rumbo a Tecate. El experimentado maquinista Ramsés no se fia de nada aunque el viaje de ida es a pleno día.

Sus 36 años en el oficio le han enseñado al maquinista que hay vivos peligrosos en el camino y seres extraños que yacen muertos sobre los durmientes de la vía del tren. Por las noches, como ha de ser nuestro viaje de regreso, puede ser engañado por el “carbunco”, un animal grande conocido entre los ferrocarrileros, que brilla en la oscuridad y aparenta ser otra locomotora que se aproxima de frente a la verdadera.

Ramsés el maquinista no puede fiarse de nada, ni sus compañeros. Las animas en los vagones de pasajeros confian en ellos… y nosotros también. Felizmente, como solemos decir, hemos llegado a Tecate con mucho entusiasmo para ver el XVI Festival de los Altares de Día de los Muertos.

Ahora vamos a un lugar llamado “El jardín del profesor”, desde donde se puede contemplar la amplitud del cerro del Cuchumá. Ahí, en el jardín, se ha montado un templete para realizar diversas actividades artísticas. El programa lo abre el grupo de danza autóctona con un ritual en el cual invoca con respeto a los dioses americanos, a los hijos de Dios padre Ometéotl y a nuestra madre venerada Tonantzin.

El aire huele a incieso de copal y el sonido de los tambores captan la atención de la mente y el corazón. La gente esta de pie y absorta en la ceremonia. ¿Es esto mágico, es divino, es sobrenatural? ¿O es simplemente la experiencia de convivir con los seres que cada quien tiene la capacidad de percibir?

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A un costado del templete, se han instalado a lo largo los altares de muerto. Los colores brillantes resaltan, le dan vida al espacio de la muerte. La comida complementa los altares, alimenta a las animas de los fallecidos y me da la impresión que también a las animas del tren que no resistieron ver el jolgorio desde lejos.

Son las cinco de la tarde y empezamos a subir al tren para regresar a Tijuana. Después de dos horas de cantos y risas en compañia de las animas del tren, ya todos somos amigos. El mariachi, el tequila y la cerveza nos ha unido a los viajantes del viejo siglo y a los que hemos invadido su espacio.

Estamos por descender en la Estación García fundada en 1910, sin que así lo parezca. No hay vestigio de aquella época en el lugar. Al tocar el piso tijuanense volvemos al 2016, volvemos al ajetreo de la ciudad frenética y materialista, donde el siglo pasado es solo un fantasma al cual cada vez menos gente le da crédito de su existencia. Qué pensaran de los siglos anteriores.

Copyright 2016 Jaime Canta.

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