Ideas Encontradas

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Simbología del Poder: Héroes, no Idolos, en Estados Unidos

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¿Qué simboliza la Casa Blanca, el muro y la libertad para los euroamericanos o “blancos” hoy en día?

Cada cuatro u ocho años el electorado estadounidense se mueve como un péndulo. Están por acabar ocho años de gobierno del demócrata Barak Obama y antes fueron ocho años de la administración del repúblicano George W. Bush.

En las elecciones del nueve de noviembre fueron los euroamericanos los que definieron el triunfo de Donald Trump, el alguna vez demócrata y ahora repúblicano. Así como Trump, millones de estadounidenses deciden inclinarse por el partido de su preferencia dependiendo sus intereses o deseos del momento.

El desempeño del presidente saliente también es un factor importante en las decisiones de los electores. Esta vez, tal parece, influyó mucho el manejo del poder simbólico que Obama imprimió durante su gestión. A él se le otorgó un premio Nobel anticipado, se le creó una imagen perversa en el asunto del estado Islámico en Medio Oriente donde Estados Unidos no tiene pleno control.

Obama y su promesa de esperanza de cambio al inicio de su gestión resultó mera retórica para el euroamericano. Socialmente el cambio fue quizá mejor percibido por las llamadas minorias y los euroamericanos más educados o “progresistas”.

Pero Obama no supo traducir esos cambios sociales al nivel simbólico para hacerse de más poder y seducir al electorado en general a favor de Hillay R. Clinton. Mientras su imagen presidencial crecía entre las “minorias”, aumentaba su debilitamiento entre los euroamericanos que no buscan ídolos sino héroes.

En Donald Trump el euroamericano espera encontrar a su héroe, el que luche incansablemente contra un Vladimir Putín que ha robado cámara a Estados Unidos en el plano internacional y, para algunos, lo ha humillado. El euroamericano quiere que su presidente confine en un hoyo al presidente ruso y a sus aliados chinos.

Trump es quien ha desenvainado la espada entre los políticos repúblicanos y ante la demócrata Clinton prometiendo dar su vida, simbólicamente, por los intereses de “América”, para hacerla grande de nuevo.

El, solo él, implicita y explicitamente ha dicho que la Casa presidencial es Blanca por la determinación de la nación estadounidense de formación religiosa protestante.

Para él, cuidar los valores cristianos implica levantar muros territoriales y comerciales. El se dibuja como unn cruzado con la espada en todo lo alto.

Donald Trump y sus seguidores darán su interpretación de libertad a lo largo de cuatro años. Darán su interpretación de lo correcto y lo incorrecto. Ellos subrayarán cuál es la moral del hombre “blanco”, el dominante mundial.

Pero habrá que ver si su aventura es tan fácil de realizar como él lo ha planteado. Sus adversarios políticos que defienden los derechos humanos han dicho que “el presidente está para facilitar las cosas a la gente, no la gente está para facilitarle las cosas al presidente”.

Todavía hay mucha gente que no olvida las mentiras del repúblicano George W. Bush quien como presidente llevó a los Estados Unidos a una guerra costosísima en Medio Oriente que aún no tiene fin. Tampoco se olvidan sus fallidas decisiones financieras que contribuyeron a la recesión que iniciara en 2007.

Bush hijo se vistió de héroe, disfrazado de piloto de guerra, y decretó: “misión cumplida” el uno de mayo de 2003 luego de invadir Irak. Aunque lo que provocó fue un polvorín en la zona. Pero son ese tipo de mentiras las que les gusta oir a los admiradores de los super héroes.

Así son usualmente los repúblicanos, belicosos en el exterior cueste lo que cueste, al fin sus amigos son los dueños de la industria de la guerra. Y cuando las cosas salen mal buscan chivos expiatorios y acusan a migrantes y minorias de malvados y trasgresores de la ley.

Por ahora la guerra simbólica del poder la han ganado los repúblicanos proyectando la figura del héroe que viene a través de Trump. Ahora queda que demócratas procuren desengañar a los ingenuos y encuentren aliados sensatos entre los senadores y representantes repúblicanos que durante la campaña electoral se opusieron a Trump. Esperar cuatro años para echar a Trump de la Casa Blanca es correr muchos riesgos.

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