Ideas Encontradas

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El Antihéroe De La Democracia Social Y Las Constituciones Decorativas

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La democracia social que se propagó en el mundo occidental y en muchos otros países en desarrollo, en partícular a principios del siglo XX, ha sido practicamente pulverizada por la democracia liberal que favorece a los grandes capitales que ahora tienen de rodillas a muchas naciones.

No es pues una elección de los mandatarios ser impopular, muchas veces es por consigna. Por ejemplo la encomienda que tiene el presidente mexicano Enrique Peña Nieto, es simplemente defender a la clase dominante de su país: los intereses extranjeros y, de paso, la sobrevivencia de la oligarquía nacional.

Peña Nieto tiene que concluir el perverso trabajo iniciado en 1982 por el entonces presidente Miguel de la Madrid Hurtado quien, sometido por el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (basicamente la banca estadounidense y europea), inició la privatización de la riqueza nacional por la ineptitud y la corrupción en los sectores público y privado.

Lo ganado por la Revolución Mexicana que está contenido en la Constitución de 1917, que este cinco de febrero entrante cumplirá 100 años, será considerado oficialmente disfuncional al aplicarse las reformas estructurales de Peña Nieto. El contenido social de la Carta Magna mexicana en época del neoliberalismo (capitalismo actualizado) es anticuado o económicamente disfuncional para el mercado internacional.

A los mexicanos, como al mundo entero, se les ha vendido la idea de la modernidad como una tierra prometida semejante al “sueño americano”. Desde los 80, a la población se le introdujo en la cultura de la modernidad donde la prósperidad (individual) económica es mejor que el bienestar social.

Para llegar a esa prósperidad era irremediablemente necesario ser demócratico al estílo estadounidense donde, de acuerdo a la imagen internacional que propagan, es la utopía. Una democracia economicamente liberal es una democracia capitalista o burguesa: la antagonista de la democracia social y de la Constitución mexicana de 1917.

En el caso de la nación mexicana se la ha llevado, gradualmente, desde hace 34 años a ver los cambios económicos con normalidad. El mismo gobierno que hasta mediados de los 70 fue defectuosamente nacionalista, decidió dar un giro al conservadurismo político y entrarle al liberalismo económico.

El longevo Partido Revolucionario Institucional dejó de ser revolucionario al traicionar los ideales sociales y por su indiciplina económica, lo que lo llevó a la corrupción y dió entrada a la mano del FMI y al Banco Mundial (BM). La estructura política y económica construida desde 1917 se vino abajo en etapas, o sexenios.

Entre 1982 a 1988 Miguel de la Madrid Hurtado inició el papeleo para la venta de la riqueza nacional que concluiría con la privatización de la industria petrolera expropiada en 1938. El país estaba en quiebra luego de las devaluaciones del fin de sexenio de Luis Echeverria en 1976, cuando el peso se cotizaba a 12.50 unidades por un dólar estadounidense e inició su caída sin cesar a la fecha.

Su antecesor José López Portillo (1976-82) vendió la idea a la nación de haber entrado en una etapa de florecimiento petrolero con lo cual México se libraría de las ataduras y obligaciones económicas impuestas por el rescate del FMI y BM. Pero todo fue una ilusión y sus decisiones erroneas y la corrupción gubernamental y privada sumergieron más al país y, con ello, la moneda se devaluó más.

Su sucesor, Miguel de la Madrid, recibió un país quebrado con una moneda débil que se reflejaba en la cantidad de ceros en la denominación de la moneda. En aquel entonces cualquier mexicano era millonario en pesos, por lo que la administración de de la Madrid decidió crear los nuevos pesos y quitar tres ceros a la nueva moneda. Por ejemplo, 5,000 pesos pasaron a ser 5 pesos. Como ocurre hasta ahora.

Las empresas gubernamentales se subastaron para que el gobierno pagara a sus prestamistas, el FMI y BM. Parte de los ingresos del petroleo estaban comprometidos para pagar la deuda externa que en aquellos años se le llamaba “la deuda eterna”. Con la siguiente administración el patrón fue el mismo. Carlos Salinas de Gortari (1988-94) continuó con la venta de paraestatales y firmó el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN).

Salinas prometió a la nación llevarla al primer mundo. Que el TLCAN traería más trabajos y mejor remunerados, lo que haría crecer la economía del país. Solo la macroeconomía creció y México se ubicó en la décimo tercer economía más grande del mundo, pero con casi la mitad de sus habitantes en la pobreza. La microeconomía era un fracaso, no había bienestar social.

Su sucesor Ernesto Zedillo Ponce de León recibió al país con otra fuerte devaluación a consecuencia de las medidas económicas de fin de sexenio de Salinas. Zedillo se llevó medio sexenio tratando de contrarrestar la crisis que vivía el país y mantuvo la política económica neoliberal que favorecia la inversión extranjera y al gran capital nacional.

El panista Vicente Fox Quezada (2000-06) solo trajo a la vida política mexicana como novedad el hecho que él no provenia de las filas del PRI, pues continuó, como político conservador y empresario, afianzando las medidas neoliberales impuestas desde sexenios pasados. Prometió construir refinerias petroleras y actualizar las que estaban en operación, pero nunca cumplió.

Caminó en el mismo sentido Felipe Calderón Hinojosa (2016-12), también del conservador Partido Acción Nacional, quien intentó congratularse con el capital extranjero al promover la reforma energética pero el PRI bloqueó su intento. Él como Fox, también simuló que construiría una refineria de petroleo en el estado de Hidalgo, pero también fue otra mentira.

Finalmente al que le ha tocado vender a los grandes capitales la joya más codiciada de la riqueza mexicana es a Peña Nieto que, a través de la reforma energética reprivatiza la industria petrolera, la que expropió el 18 e marzo de 1938 el entonces presidente Lázaro Cárdenas del Río con el fin de que las utilidades de su explotación beneficiaria a los mexicanos y no a las empresas extranjeras.

En otras palabras, desde la óptica democrática social la reforma energética de Peña Nieto es una contra-reforma. O como el vocabulario priista solía decir en tiempos del nacionalismo, lo que se ha hecho es “reaccionario”. Ahora, sin ideología politica social los partidos se autollaman: “modernizadores”, es decir, capitalistas.

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